El director del Centro de Antropología Médica pide una gobernanza mundial ante las pandemias

28/05/2020

El director del Centro de Investigación en Antropología Médica, Ángel Martínez Hernáez, sostiene que si la autoridad sanitaria europea hubiera tenido mayor capacidad ejecutiva, habría habido una respuesta "más rápida y solidaria" a la COVID. Por ello, aboga por ceder soberanía a la agencia europea y a la OMS para hacer frente a problemas globales como las pandemias o el cambio climático.

Martínez Hernáez (París, 1964) es catedrático de Antropología Médica en la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona, la entidad impulsora del Centro de Investigación en Antropología Médica (MARC, por sus siglas en inglés) y miembro de la Asociación de Antropología del Estado Español.

El MARC publicará este verano un libro sobre los efectos de la COVID-19 en el que participan 47 investigadores internacionales. Su director habla con Efe sobre esta crisis: cree que debería hacernos conscientes de nuestra "interdependencia" y conducirnos hacia una globalización "con rostro humano", al tiempo que expresa su preocupación por el riesgo de que los ciudadanos puedan ser discriminados por el hecho de estar o no inmunizados.

Pregunta.- Desde la perspectiva de la antropología médica, ¿qué cambios ha supuesto la pandemia en nuestro modelo de vida?

Respuesta.- Han cambiado nuestras rutinas, nuestro vocabulario, tenemos nuevas formas de saludarnos, hay una intensificación de lo virtual y el teletrabajo puede tener un peso importante en el cambio cultural que se avecina. Desde el punto de vista de la antropología médica, lo que vemos es que se pueden crear "biosocialidades". Se trata de un fenómeno frecuente en la modernidad: la creación de nuevas identidades a partir de los rasgos biológicos. En este caso podrían ser los inmunizados y los no inmunizados. Ya se está debatiendo si es legal o ético que las empresas pueden solicitar esta información.

Pero quizá el impacto más importante sea hasta qué punto podremos construir como especie una mayor conciencia de nuestra vulnerabilidad. Puede que la COVID pase y que en unos meses nos hayamos olvidado, pero el riesgo de nuevas pandemias está ahí. Sería importante que la conciencia de esa vulnerabilidad pudiera materializarse en cuestiones asociadas a la gobernanza y crear mecanismos de respuesta más rápidos, más solidarios, que generen menos muerte y menos sufrimiento.

P.- Esa división que menciona entre inmunizados y no inmunizados puede llevar a una nueva forma de discriminación social o laboral…

R.- Estoy en contra de que se haga, pero como cambio cultural, existe este fenómeno. El concepto de las biosocialidades lo creó en los años 90 el antropólogo norteamericano Paul Rabinow para pensar las nuevas identidades sociales que se crean por determinados marcadores biológicos, como tener un determinado marcador genético que predispone a una enfermedad.

En el caso de la COVID, como indicas, esto puede llevar a que los ciudadanos pueden ser discriminados en función de si están inmunizados o no, lo que supone un dilema ético muy importante. Es una información que se tiene que manejar con mucho cuidado, es privada y no debe suponer ningún tipo de discriminación.

P.- ¿La emergencia sanitaria ha paralizado ciertos aspectos de la globalización o puede llevar a replantearnos este proceso que dábamos por consolidado?

R.- Hay dimensiones que no se han visto afectadas e incluso se han intensificado, como la tecnológica y, probablemente, la cooperación científica a nivel internacional. Pero hay otras que sí. La dimensión económica, las transacciones financieras y la movilidad son las más afectadas, como el caso del turismo, con el peso que tiene en nuestro país.

La interdependencia económica que caracteriza a la globalización es lo que ha entrado en un cierto paréntesis. Habrá que ver hacia dónde evoluciona, pero esperemos que permita la constitución de una internacionalización donde no prime solo lo económico. Hace falta ir hacia una globalización con rostro humano.

Cuando con la globalización se hablaba de que el Estado era demasiado pequeño para atender la gobernanza y demasiado grande para atender a sus ciudadanos, aparecía como una institución disfuncional. Pero necesitamos una gobernanza en el contexto europeo y a nivel mundial. Deberíamos ceder soberanía a entidades como la OMS o el Centro Europeo de Prevención y Control de Enfermedades en cuestiones como las pandemias, porque son problemas globales. O como el cambio climático, que también es global.

P.- Ese modelo de 'suprainstitución' sería también deseable a nivel nacional en el ámbito sanitario?

R.- Esta una pregunta polémica aquí en Cataluña, no te lo voy a negar. Pero si estamos en un Estado, hace falta coordinación y cogobernanza. Se ha hablado de una agencia estatal de salud pública; ya existe el Instituto de Salud Carlos III, pero no llega a tener esta función de coordinación. Y no me quedaría solo aquí. Soy partidario de una agencia de salud pública europea con verdaderas competencias, porque nos habría permitido responder más rápidamente y haber sido más solidarios con los italianos cuando la COVID llegó a Europa. No habría habido esas respuestas deprimentes como cierres de fronteras o control de existencias de determinados materiales sanitarios.

P.- El hecho de que la globalización se haya quedado en suspenso en lo referente a los desplazamientos ¿qué supone para el movimiento migratorio y para los refugiados?

R.- Lo que va a venir en los próximos años son los refugiados medioambientales, porque el cambio climático está causando estragos en determinadas zonas. Quizá debiéramos pasar, como plantean algunos filósofos, de una conciencia basada en identidades nacionales a una conciencia de especie como seres humanos que nos permitiría pensar en términos de cooperación. Los movimientos migratorios van a seguir estando, y más si hay problemas climáticos que van a llevar a la hambruna. Hay que ir a modelos de solidaridad porque, si no es así, no hay más solución que la represiva.

P.- ¿El individualismo propio de las sociedades avanzadas ha quedado cuestionado durante la pandemia?

R.- El modelo neoliberal es profundamente individualista, favorece la idea de que el individuo es soberano. Claro que hay elementos de soberanía, pero también sabemos que los individuos somos interdependientes. Esta crisis nos ha puesto ante los ojos la necesidad de la interdependencia, el regreso a la reciprocidad, que ya existe en nuestros contextos de capitalismo: ayudo a mi hermano, a mi amigo o a mi vecino por ser quien es. La reciprocidad es importante porque nos muestra la interdependencia. Y creo que puede haber un cierto regreso a ambas, porque el riesgo pandémico va a estar ahí siempre. Esto también tiene que ver con el desarrollo del conocimiento: cuanto más sabemos, más nos damos cuenta de nuestras vulnerabilidades, pero más podemos hacer para que se produzca menos sufrimiento y menos muerte.

P.- ¿Deberíamos extraer alguna lección en cuanto al peso que da la sociedad y los distintos gobiernos a lo público, a áreas como la sanidad, la educación o la investigación?

R.- Sí, por supuesto. Esto se tiene que fortalecer; creo que es una de las lecciones más claras y más críticas con el modelo de recortes. Quizá también el sistema público debiera ser más flexible; a veces puede parecer anquilosado, demasiado burocratizado. Esos son retos de la gobernanza, pero creo que tras la pandemia queda fortalecida la idea de que es necesaria una sanidad pública, una educación pública y, por supuesto, la investigación, a la que endémicamente dedicamos mucho menos presupuesto que otros países. Alguna vez habría que escribir algo así como "es la investigación, estúpidos", porque si no tenemos investigación, no vamos a tener cambio de modelo productivo. El estado del bienestar solo será competente si tenemos una economía basada en el conocimiento, y esto es algo que parece reiteradamente que nuestros políticos no han sabido ver.

P.- ¿Auguran los expertos un refuerzo o un repliegue de los movimientos populistas?

R.- Para mí, populismo es cuando se hace un uso propagandístico de determinadas cuestiones, un uso político, sin programa ni una alternativa; se quiere subvertir todo a partir de la canalización de la rabia de la ciudadanía.

No sé lo que va a ocurrir, pero es cierto que en momentos de malestar o de crisis es más fácil que se produzcan cambios porque los sistemas políticos y sociales tocan techo.

Habrá que ver cómo se canaliza el miedo y la culpa; habrá que ver cuál es el impacto económico, si salimos más pronto o más tarde. Habrá que medir la capacidad de respuesta del Estado y de los gobiernos autonómicos. En definitiva, será necesario analizar de qué forma está impactando todo y si somos capaces de no sucumbir al miedo, ser más corresponsables, tener conciencia de nuestra interdependencia y cooperar, porque esa es la única salida que tenemos.

Por Susana Rodríguez

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